lunes, 16 de marzo de 2009

David A. Mindell: Digital Apollo. Human and Machine in Spaceflight

image Las naves espaciales Apolo, las que llegaron a la Luna, contenían en sus entrañas el que quizás haya sido el primer ordenador digital embebido colocado en un vehículo en todo el mundo. El libro relata su concepción, su evolución y sus problemas, en conjunción con las personas que lo manejaron.

Ello sirve de base para asistir a la relación hombre-máquina, al disgusto primordial de los pilotos por no conducir ellos mismos el aparato en un derroche de testosterona masculina…

El libro está, pues, centrado en dos temas, uno de ellos eminentemente técnico y el otro humano.

Asistimos a las primeras pruebas de vuelo en el X-15, al que se le añadieron varios ordenadores analógicos para facilitar la tarea de los pilotos, que en un principio rechazaron la idea pero que a veces el disponer de ellos llegó a salvarles la vida… como también salvó la vida de las naves el hecho de que los pilotos pudieran desconectar los automatismos y controlar a mano la nave cuando los ordenadores se ponían bordes o simplemente fallaban en su cometido.

Luego pasamos al proyecto Mercury, en donde se producen las mismas situaciones para, finalmente, centrarnos en el Apolo y la novedosa idea de sustituir algunos módulos analógicos por un ordenador digital y ahorrar así peso y espacio.

La primera versión era un subsistema más, acompañado de otros muchos, construido con una buena cantidad de transistores, en los que se empezaba a confiar plenamente en aquel entonces tras llevar unos diez años en producción. Pero pronto los genios del MIT decidieron emplear los novísimos circuitos integrados recientemente inventados, pese a la incertidumbre de su duración y resistencia a los fallos…

Al final, el ordenador pasó a ser el corazón central de la nave (había dos idénticos, uno en el módulo lunar y otro en la nave nodriza), a controlar prácticamente cualquier aspecto de la misma, del vuelo y de casi todos los aspectos de las misiones, lo que en cierta medida enfurecía a los tripulantes, que se veían como meros pasajeros…

El ordenador fue un equipo con 32K de RAM de 16 bits (64K si lo midiéramos ahora), 2K de flash (memoria no volátil, parece que núcleos de ferrita alimentados –no se aclara en el libro) y ROM, pero una ROM especial: cables pasados a través de imanes toroidales que contenían varios cientos de subrutinas controlables por un sistema operativo reentrante, multitarea y controlado por interrupciones y con control de prioridades. El hecho de estar implementado mediante máquinas de estados con salvaguarda de las mismas salvó la vida varias veces a la tripulación del Apolo XI (el primero en llegar a la Luna) cuando este empezó a resetearse continuamente debido a una sobrecarga de datos recibida por el radar de acoplamiento, que debía estar apagado…

El libro resulta a veces pesado y repetitivo en el sentido de que en ocasiones las explicaciones son demasiado detalladas. Por ejemplo, nos cuenta exactamente los pasos que debía llevar a cabo la tripulación con el ordenador para aterrizar en la Luna desde el desacoplamiento del módulo orbital: diez páginas de explicaciones como que primero había que entrar en la rutina P33 tecleando “33 Enter 100 Enter”. Luego esperar confirmación del centro de control. Entonces se entra en la rutina P56 tecleando…

Finalmente se nos cuentan los seis aterrizajes en la Luna vistos desde la óptica del ordenador, o más bien cómo el ordenador facilitó –o incomodó- los aterrizajes.

Lo más impactante del libro es el hecho de que presenta a los astronautas como los típicos “machos ibéricos”, hombres de pelo en pecho que se niegan a ser guiados por un ordenador y que exigen ser ellos los que lleven los mandos, y lo que eso significó en complejidad y en problemas dentro de las misiones Apolo y en cierta medida en otras. También significó salvar alguna que otra misión que quizás se hubiera estrellado, aunque, yendo en la nave y con el aterrizaje completamente automatizado, también habrían podido tomar el control en caso de ocurrir algún percance. De hecho, en ninguno de los seis alunizajes se dejó que los pilotos automáticos aterrizaran por sí solos, y en único en el que el piloto iba dispuesto a ello fue el Apolo XIII, que nunca llegó a destino.

Y parece ser que el tema continúa, porque el transbordador espacial también aterriza a mano, y de hecho en el libro se deja entrever que quizás los viajes serían más baratos si se controlaran en tierra y mediante sistemas automáticos… Pese a estar en cierta medida de acuerdo con el autor, pienso que los humanos, ya sea subidos y bajados de forma automática o manualmente, debemos estar en el espacio…

Lo más curioso es que esos cowboys espaciales, pese a llevar el joystick en la mano, es el ordenador el que finalmente da las órdenes a los distintos aparatos de forma electrónica en base a las órdenes de los humanos, porque si no sería completamente imposible de controlar todo de forma completamente mecánica por un solo hombre…